Hay gente que valora mucho tener un plan B. El problema es que hay muchos más que ni tan siquiera tienen un plan A de Comunicación. Un plan de Comunicación es importante, aunque sea para incumplirlo. Pero sirve para saber cuál es la dirección a seguir.

sokatira-euskal-selekzioa

La soka-tira supone un notable esfuerzo en el que, al final, una de las partes acaba perdiendo.

En ninguna empresa que se precie, no importa su tamaño, debe de haber un Plan Estratégico, expreso o presunto, comunicado, a ser posible, o guardado como un secreto intransferible por ese líder que algún día se estrellará, aunque sea en la soledad de su pensamiento único. Hace unos días una reunión de Confebask constataba que “debemos de pasar de la soka-tira a la trainera”, lo cual no es muy original, la verdad. Pero también se dijo algo así como que “la empresa no es ya de los empresarios, sino de todos los grupos de interés”, lo que resulta mucho más osado y provocador, sobre todo para los empresarios.

Si eso es cierto, que lo es, lo mismo aplica a un Plan de Comunicación. Un gurú de los empezaba sus letanías  hipnóticas preguntando a sus rendidos acólitos, ¿dónde está el norte? Y tenía razón, poca gente lo sabía y eso indicaba la desorientación generalizada, además de ponerlos más a su merced para que escucharan con veneración la sarta de obviedades,  tan eternas como fáciles de olvidar en su práctica diaria. Todo ello, eso sí, con muchísimo arte y a 30.000 la charleta. Un plan de Comunicación también es de todos y, por tanto, tiene que ser transparente para todos los interesados.

En definitiva, que lo diga Agamenón o su porquero, lo cierto es que hay que saber hacia dónde se quiere ir, dónde está el norte, y más en comunicación. Marcarse unos objetivos y dotarse de un presupuesto en comunicación es básico para que cualquier organización pueda contar con su gente, y que, por tanto, las personas aporten el conocimiento y la ilusión a cualquier empeño común.

Porque el líder, sobre todo el sobrevenido, nunca es el depositario solitario de un empeño común. A veces, por miedo o por incapacidad, no se ha considerado oportuno compartir y enriquecer colectivamente un proyecto. Es cuando se recurre a visionarios, en vez de a las personas, las auténticas protagonistas de los éxitos y los fracasos, para que encuentren el norte no ya perdido, sino nunca identificado. Así que, cómo el asunto es dinámico, no hay como dotarse de un plan de comunicación, con objetivos, presupuesto y plazos. Con los fallos y sus correcciones ya llegaremos al plan B, que será incluso mejor que el primero y, tal vez y por fin, de todos.